Trabajo esclavo: ¿cómo fue el día a día de los obreros migrantes encargados de la reforma del estadio Jalifa de Qatar 2022?

Mundo Poder Noticias

23 noviembre, 2022

El 20 de noviembre comenzó el Mundial de Qatar 2022, pero detrás de la organización hubo acciones repudiables como el trabajo esclavos en la construcción y reacondicionamiento de los estadios.

La pelota empezó a rodar en Qatar 2022 y la mayoría se olvidó de todo lo que pasó en el país asiático en cuanto a lo polémico que fue la elección de la sede, la extraña época del año en la que se juega, las cientos de prohibiciones que atrasan en el mundo. Sin embargo, habrá algo que no todos lo pasarán por alto.

Es que para construir los estadios, los obreros sufrieron trabajo esclavo, abusos y hasta la muerte para llegar a construir todas las sedes que albergarán los partidos de la Copa del Mundo. Uno de los ejemplos es el Jalifa que tiene capacidad para 40.000 personas y estuvieron trabajando migrantes procedentes de Bangladesh, India y Nepal.

El abuso no estuvo solamente en el trabajo forzado, sino también en que durante la estadía no podían cambiar de trabajo, no podían salir del país y tenían que esperar meses para cobrar sus salarios. Para colmo, para conseguir el empleo debían pagar altas comisiones que iban desde 500 a 4.300 dólares estadounidenses a contratistas en sus países de origen para huir de la pobreza.

Sakib, jardinero de Bangladesh y uno de los empleados del Jalifa y la Aspire Zone, sacó un crédito de 4.000 dólares para pagar a los contratistas: “Dios sabe que hay días en los que no puedo seguir adelante, todo se me hace demasiado… Lo único que me mantiene vivo es pensar en mis hijos”.

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A su vez, las condiciones en la que vivían en Qatar eran inhabitables: condiciones de hacinamiento y de falta de higiene y seguridad en sus alojamientos. El derecho qatarí y las Normas para la Protección de los Trabajadores permiten como máximo cuatro camas por habitación y prohíben el uso compartido de camas y el uso de literas, mientras que vivían ocho personas o más.

Por otra parte, el salario que habían acordado en su país en principio eran 300 dólares por mes. Pero una vez que comenzaron a trabajar, cobraron USD190. Mushfiqur, un jardinero de la Aspire Zone, reclamó: “El gerente sólo dijo: ‘Me da igual lo que te hayan dicho en Bangladesh. Cobrarás este sueldo y nada más. Si sigues protestando les diré que cancelen tu visado y te manden de vuelta a casa’”.

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Además de que no le abonen el sueldo acordado, el pago era retrasado y, al vivir en la pobreza, algunos no podían enviar dinero a tiempo. Prem, obrero metalúrgico de Nepal que trabaja en el estadio Jalifa, explicaba a Amnesty: Mi familia se ha quedado sin techo y a dos de mis hijos pequeños los han sacado de la escuela […] Cada día estoy en tensión, no consigo conciliar el sueño. Es una tortura para mí”.

Si se quejaban de las condiciones eran amenazados por los empleadores. Mohammad, que trabaja en el mantenimiento de zonas verdes de la Aspire Zone, reveló: “Fui a la oficina de la empresa, le dije al gerente que quería irme a mi casa [en mi país] porque siempre recibía la paga con retraso. Me dijo a gritos: ‘Sigue trabajando o no te irás nunca’”.

Y continuó: “La empresa tiene mi pasaporte. Si cambia mi estado de financiación, me enviarán de vuelta y tengo una gran deuda pendiente […] Quiero que me devuelvan mi pasaporte [y]  el campamento no está bien, dormimos ocho en una habitación; son demasiados. Pero no puedo quejarme [porque] me echarían del trabajo”.

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